Teatro del colegio María Inmaculada, vuelto a la vida. Con su capacidad para 270 espectadores, es uno de los más antiguos de Huancayo. En escena, ‘Una hora bajo el puente’, por el Grupo de Teatro Expresión (foto: Juan Carlos Suárez).
Escribe: Juan Carlos Suárez Revollar
A diferencia de las otras artes que también cuentan una historia, el teatro es el que más se acerca a una fusión de ficción y realidad. El actor teatral encarna una personalidad, una vida, una realidad diferente de la suya. Y debe hacerlo de manera que más bien sea el espectador quien crea en él.
Salvo excepciones, quienes cultivan el teatro en el Perú son grupos pequeños y de recursos limitados. A menudo, además de escribir, el dramaturgo también dirige e incluso actúa. Y no es raro ver a actores y directores cargar utilería y equipos poco antes de abrir el telón. No es una crítica. Fue así en tiempos de Shakespeare y Molière y seguramente también en los de Sófocles y Esquilo.
Oficializar un día especial en nuestro país —como el del teatro, la mujer, el niño o un vasto etcétera— suele significar que hay todavía un largo camino por recorrer. Una rápida excursión por colegios y edificios públicos nos revela una importante cantidad de teatros reconvertidos a auditorios y salones, todavía con el potencial de albergar telones y público. Convenzámonos de una vez de que hacer teatro en el colegio permite desarrollar muchísimas habilidades que harán de los jóvenes mejores profesionales y principalmente mejores ciudadanos.
*Artículo escrito por el Día Mundial del Teatro 2018.
El actor peruano Hernán Romero (foto: Daniela Talavera).
“El actor es un estudioso del alma humana”
Una entrevista de Juan Carlos Suárez Revollar
Hernán Romero Berrio (Callao, 1942) es un actor peruano con destacadas participaciones en el teatro, el cine y la televisión. Esta entrevista fue durante su visita a Huancayo para dictar un taller de teatro e interpretar su monólogo sobre el Evangelio según San Marcos, un espectáculo visto por más de 25 mil personas en todo el mundo.
¿Qué nos puede decir del teatro peruano?
El teatro peruano tiene un gran futuro. Hay una gran cantidad de elementos jóvenes, tanto en la actuación como en la dirección y la dramaturgia. A diferencia de cuando yo empecé, hace cincuenta años, y ensayábamos tres meses para hacer tres funciones; ahora se ensaya tres meses para hacer temporadas de seis meses. Vamos avanzando.
¿Es eso influencia de la forma de trabajo de las grandes compañías teatrales europeas o estadounidenses?
No, yo más bien creo que es la inquietud de los muchachos, que han visto esa labor quijotesca de quienes veníamos desde antes. De alguna manera hemos sembrado y ellos están cosechando.
Últimamente se ve con mayor frecuencia un teatro más intelectual en el Perú.
La finalidad del teatro es educar. Existe un teatro digestivo, de la risa, que también es válido porque así como el ser humano necesita dormir, necesita también reír y pasar un buen rato. Ese tipo de teatro que no deja ningún mensaje, sino que lleva momentos de hilaridad y de diversión es también necesario. Pero otro tipo de teatro más comprometido es el que deja en el espectador una inquietud, y le hace salir del teatro cuestionando algo de la conducta humana, pensando en los motivos que inducen al ser humano a adoptar tales o cuales actitudes y determinaciones. Esa es la finalidad del teatro, despertar en el ser humano la necesidad de confrontar y cuestionar en sí mismo sus conductas.
Pero ese tipo de teatro es más difícil de poner en escena y de llegar al espectador.
Yo no hago ninguna diferencia entre el teatro comercial y no comercial. Todo es comercial. Yo acabo de hacer muchas temporadas, Las manos sucias, de Jean Paul Sartre, Cristales rotos o Las brujas de Salem, de Arthur Miller, que es teatro artístico, y con la sala llena los cinco meses. Eso de lo comercial y no comercial debemos empezar a dejarlo de lado. Ahora que si hacemos una obra con el propósito de llenarnos de dinero, eso ya no es válido. Yo hago una obra con el propósito de divertir a la gente o de transmitir un mensaje. Esos son los objetivos, el resto viene por añadidura, como resultado del respeto por el trabajo y por el público.
Recuerdo de mi niñez una telenovela que veía con mi madre, El hombre que debe morir, donde usted interpretaba al malo de la historia.
Esa telenovela la dirigí yo. Era un psicópata, un hombre enfermo que había visto a su madre teniendo relaciones con un esclavo en un plantío de algodón, y estaba traumatizado por eso. Y era un lindo personaje. Los personajes con conflictos, retorcidos, le plantean al actor posibilidades de mostrar versatilidad, temperamento, posibilidad de cambio. Fue un trabajo muy grato para mí. Además, cuando murió ese personaje, Otto Müller, a pesar de que era el malo, la gente lloró. Y si tú no me crees, hace poco en Cusco me reconocieron por Otto Müller, lo mismo en Juliaca.
¿Alguna otra participación actoral, a su juicio, memorable?
¿Memorable? Demasiado pretencioso, yo no me puedo juzgar (risas). No voy a opinar acerca de mi trabajo. Personajes que me hayan gustado muchísimo, en el teatro, por ejemplo, don Juan Tenorio, el que hice en Los cristales rotos, en La celebración o en Las brujas de Salem. Son personajes llenos de vida interior, llenos de carga, que permiten al actor una investigación. El actor es un estudioso del alma humana.
¿Y qué nos puede decir del cine?
Yo he estudiado cinematografía con Armando Robles Godoy, quien ha fallecido recién. Era mi maestro, que en paz descanse. He dirigido cortometrajes, publicidad, televisión. El cine es un lenguaje distinto al del teatro. En el teatro tenemos un gran plano general, dentro del cual los actores se mueven. El cine tiene la particularidad de que la cámara se acerca, se aleja, se mueve, y tiene su propio lenguaje. La cámara apoya el momento dramático con el movimiento. Un ejemplo de cómo su movimiento puede crear terror es El resplandor, de Stanley Kubrick. Comienza con un travelling por un pasillo vacío, donde un chiquito va entrando desde un primer plano hacia el fondo en un triciclo que suena ¡chic!, ¡chic!, y eso le pone a uno los pelos de punta. El cine presenta al actor posibilidades expresivas insospechadas, porque con una mirada en un plano cerrado uno puede expresar lo que está sintiendo. En el teatro a la cuarta o quinta fila la expresión del rostro se pierde, entonces hay que expresar más con el cuerpo. En el cine se puede susurrar, en el teatro hay que hablar fuerte, porque son 500 o 600 personas que tienen que escuchar lo que se dice.
El cine, a diferencia del teatro es, digamos, imperecedero, porque deja un registro.
El teatro es similar a la vida; ambos empiezan y terminan, no dejan un registro, salvo algunas fotos amarillentas de los abuelos por ahí. En el cine sí hay los registros, pero cuando vemos los de las películas de los años cincuenta nos da risa. Por ejemplo, cuando yo estudiaba Historia del cine, veía Frankenstein, Nosferatu o los primeros Drácula; eran películas que hacían gritar a la gente. Ahora las vemos con otros ojos, y sonreímos. Respetamos el talento de sus directores, pero las épocas son otras. En el teatro, cuando se graba, no queda bien, no es grato de ver, pierde encanto, pierde magia. Si se quiere grabar, pues en estudio, y hacemos un montaje cinematográfico o televisivo.
* La fotografía que abre esta nota pertenece al portafolio de Daniela Talavera.
Publicado en diario Correo el 18 de setiembre de 2010.
Victoria (María Teresa Zúñiga) y Génesis (María del Carmen Castro). Una puesta en escena del Grupo de Teatro Expresión bajo la dirección de Jorge Miranda Silva.
Un viaje hacia el nuevo principio
Escribe: Juan Carlos Suárez Revollar
Fotos: Marco Miranda Zúñiga
¿Qué es Génesis sino un contrapunto, una coreografía de dos personajes cuya oposición crea cadencia y empatía su similitud? En la obra teatral de María Teresa Zúñiga Norero abundan los duetos que sostienen todo un relato, sean Zoelia y Gronelio (1993), Mades Medus (1999) o la más reciente, Una hora bajo el puente (2017). Pero mientras los ancianos Zoelia y Gronelio son esposos a los que la convivencia ha acabado por nivelar sus caracteres; y el joven Medus ha adquirido una cierta visión del mundo de Mades, el viejo; Power y Mouse, de Una hora bajo el puente, mantienen una causa común, lejana e inútil por la derrota.
En su novela La casa grande (Acerva, 2016) ya encontramos a dos personajes femeninos en una relación de complementariedad-oposición. Igual a Génesis, es la historia de una abuela y su nieta, pero contada desde el punto de vista de esta última, quien además es una niña (a diferencia de la joven Génesis) y alter ego de la autora. Así, el lector ingresa de su mano a un mundo infantil que se contrapone al de los adultos regido por la abuela.
Génesis (María del Carmen Castro) en la puesta en escena del Grupo de Teatro Expresión.
La obra teatral de Zúñiga Norero destaca por sus personajes de rasgos peculiares en un ámbito alejado del convencional donde nosotros, gentes de carne y hueso, nacemos, vivimos y morimos. Zoelia y Gronelio ocurre en un contexto posapocalíptico; Mades Medus en un espacio circense, de actores itinerantes donde confluyen la realidad real con la de la ficción; y Una hora bajo el puente en un entorno marginal, tras una gran derrota que ha arrojado de la sociedad a sus protagonistas.
Génesis y Victoria, la nieta y la abuela, recorren una tierra en ruinas donde el peligro usual de guerras y desastres las mantiene cerca de la muerte. De los diversos temas abordados por la autora a lo largo de su obra, es acaso en Génesis donde la condición de mujer toma, más que en otras, el centro de la trama. Sin tratarse de un manifiesto feminista, es una historia que pone en agenda algunos de los males que por siglos han aquejado al género femenino. Pero en vez de mostrarse como víctimas, abuela y nieta afrontan el mundo con esa determinación de mujeres fuertes, muy recurrentes en la obra de María Teresa Zúñiga.
Victoria (María Teresa Zúñiga) en la puesta en escena dirigida por Jorge Miranda Silva.
En vez de la busca y hallazgo de una nieta perdida, el otro tema de fondo en Génesis es la propia guerra con todas sus consecuencias: desde la pérdida del Estado de derecho y la anarquía hasta la destrucción y la muerte. Génesis y Victoria apenas se conocen, pues solo llevan tres días de haberse reencontrado (una reunión, empero, que saben no puede durar). Las diferencias entre una y otra rebasan sus respectivas generaciones. Tienen una percepción del mundo muy propia, reflejada en el significado que cada una da a acciones sencillas como la de cerrar los ojos: en Victoria sirve para eludir la horrible realidad, en Génesis para transformarla en un lugar mejor. O la muerte reflejada en una lápida cualquiera: irrelevante para la nieta, el rastro de una vida y su existencia en la memoria de sus deudos para la abuela.
Pero la mayor confluencia de ambas reside en su condición de mujer. Una condición, además, largamente sometida por una sociedad patriarcal, a la que se critica en la obra. Pone en boca de Génesis, por eso, que “una cosa es nacer mujer y otra hacerse mujer”. No es gratuito que otra arista de la relación entre abuela y nieta sea, precisamente, la de maestra y alumna. En La casa grande y en Génesis se percibe una vaga empatía y rasgos comunes de Zúñiga Norero con ambas abuelas, que ejercen la docencia, igual a ella. Quienes conocen a la autora estarán de acuerdo en una cierta propensión suya, formadora y pedagógica —también maternal—, con sus amigos cercanos y principalmente con los demás miembros del Grupo de Teatro Expresión.
Victoria y Génesis durante los ensayos para la puesta en escena dirigida por Jorge Miranda Silva.
Expresión ha sido clave en su producción teatral de los últimos 32 años, no solo por la logística para el montaje de sus obras, sino por la retroalimentación y el soporte emocional y familiar. Junto con ella y varios más, el grupo lo han integrado por todo ese tiempo su esposo Jorge Miranda y sus hijos Jorge Luis y Marco Antonio. Ellos asumen el rol de primeros lectores y críticos con una misma percepción estética del teatro como texto literario y guía para la construcción e interpretación de personajes y de la puesta en escena. En este proceso, la labor creativa suele ser conjunta y constante. Alguna vez María Teresa Zúñiga me dijo que sus piezas teatrales siempre estaban sujetas a cambio y mejora. Entendemos que esto se refiere más bien al montaje: he visto repetidas veces algunas de sus obras —unas son dirigidas solo por ella y otras por Jorge Miranda— y cada puesta en escena difiere de la anterior. Se trata de diferencias mínimas, claro, pero que refuerzan ligeramente el mensaje y el efecto sobre el espectador. Facilita estas variaciones que la autora recurre poco a la acotación, lo cual otorga mayor libertad de adaptación.
Portada del libro ‘Génesis’ (Lima, 2018), de María Teresa Zúñiga, una edición del festival Sala de Parto y el Teatro La Plaza.
El teatro de María Teresa Zúñiga es pródigo en símbolos de cierta ambigüedad, que en el futuro permitirá versiones diversas y acaso opuestas según la percepción e interpretación de cada director. En Génesis, por ejemplo, podría mencionarse varios: la aparición del teléfono celular, a través del cual se manifiestan “ellos”, entidades omnipresentes e invisibles; el significado de los nombres “Génesis” y “Victoria”; o la idea de lo femenino asociado al color blanco: lejos de la carencia de mácula, en la obra adquiere el carácter de fragilidad porque es fácil de manchar, de deteriorar, de destruir. Esto se refuerza con la permanente evocación de las violaciones como otro de los riesgos. Se trata de un peligro cuasiexclusivo para la mujer y la mayor muestra de una vulnerabilidad determinada por el género, aun en tiempos de paz, pero crítica en situaciones extremas como una guerra.
¿Qué es Génesis, entonces? La abuela Victoria define esa palabra como “el origen de un nuevo nacimiento”. Pero la pieza teatral podría tomarse como un tributo a las millones de mujeres que, a lo largo del tiempo, debieron afrontar la guerra en calidad de supervivientes, víctimas o heroínas. Esas mujeres violadas o muertas de Nankín, Rusia y Berlín; del África Central y también las cautivas del ISIS; o las más cercanas de Manta y Vilca, en el Ande peruano, nos recuerdan que la violencia de género siempre se usó como acto de guerra. Entonces ella, la mujer, hace surgir un camino, el renacer constante de un nuevo principio. Así, la obra se une a esa estirpe de la literatura que rebasa el plano artístico y hace visibles los grandes problemas que persiguen desde sus inicios a la humanidad.
* Prólogo del libro Génesis (Lima, 2018), de María Teresa Zúñiga, editado por el festival de teatro Sala de Parto.
Montaje de ‘Una hora bajo el puente’, pieza teatral de María Teresa Zúñiga.
Dos extraños en un mundo de otros
Texto y fotos: Juan Carlos Suárez Revollar
Escrita por María Teresa Zúñiga y estrenada en 2017 por el Grupo de Teatro Expresión, Una hora bajo el puente es una pieza teatral que continúa la exploración iniciada en Zoelia y Gronelio y retomada (aunque tangencialmente) en Atrapados: personajes marginales y desposeídos que intentan sobrevivir a una sociedad destruida.
Mouse y Power —símbolos de la individualidad y el poder— hacen un contrapunto actoral donde este intenta no ser conmovido por aquel. Power es el absurdo arrendador de un espacio que pocos quisieran habitar: la sombra de un puente. Pero el trasfondo de la obra es un mundo en ruinas y un pasado —¿acaso revolucionario?— que ambos comparten.
Mouse y Power en un juego de poderes cuyo pretexto es la disputa por la permanencia bajo un puente.
Uno de los conflictos de la obra viene de recordar sus roles en algún acontecimiento social que ha pasado al olvido.
El poder ganado y perdido como tema. También, la memoria de grandes pero efímeros ascensos. (Aquí, Power).
Un antiguo líder y un antiguo soldado de una ¿revolución? perdida.
Durante una hora Mouse y Power recorrerán por los años de decadencia de un mundo que intentaron cambiar pero acabó por destruirse.
UNA HORA BAJO EL PUENTE
Escrita por María Teresa Zúñiga
Producida por el Grupo de Teatro Expresión
Dirigida por Jorge Miranda Silva
Actúan como: Power, Jorge Luis Miranda Zúñiga Mouse, Marco Miranda Zúñiga
Estrenada en Teatro del Colegio Andino, diciembre de 2017
Huancayo, Perú
María teresa Zúñiga en una performance en Zoelia y Gronelio.
Texto y fotos: Juan Carlos Suárez Revollar
La dramaturga huancaína María Teresa Zúñiga Norero ha construido un universo teatral propio, que la ha convertido en la embajadora cultural de Huancayo y el Perú.
El primer contacto de María Teresa Zúñiga Norero con la literatura no fue con el teatro, sino con la poesía. Pero fue desde finales de la década de los ochenta que su prestigio empezó a crecer, tras la fundación del Grupo de Teatro Expresión, en 1986, junto con su esposo —y cómplice, colega, socio— Jorge Miranda Silva.
María Teresa Zúñiga en la parte final de la pieza teatral ‘Zoelia y Gronelio’.
Para Jorge Miranda, la reputación de Expresión iba a tardar al menos diez años en consolidarse pero ocurrió algo peculiar, pues apenas María Teresa escribió Corazón de fuego y se puso en escena, significó un salto para el grupo y un nuevo paso para el teatro peruano.
“Con Corazón de fuego se pudo mostrar que el teatro de tema incaico podía mostrar mucho más que el teatro convencional”, nos dice Jorge Miranda Silva.
Lo peculiar del Grupo de Teatro Expresión es que lo integra, en su casi totalidad, la familia Zúñiga Norero: desde María Teresa y Jorge, quienes además de escribir, producir y dirigir las piezas teatrales, son los padres de Jorge Luis y Marco, quienes actúan desde que aprendieron a caminar.
María Teresa Zúñiga junto a su esposo y cofundador de Expresión, Jorge Miranda Silva, minutos antes del montaje de Zoelia y Gronelio.
Obras suyas como Mades Medus o Zoelia y Gronelio constituyen universos muy personales, únicos en el teatro nacional, razón por la cual la prestigiosa The Oxford Encyclopedia of Theatre and Performance de Inglaterra calificó a María Teresa Zúñiga Norero como “Una de las más avant garde y prolíficas dramaturgas latinoamericanas de fin de siglo”. De Mades Medus, Eduardo Cabrera, de Millikin University (Illinois, EE.UU.), ha escrito que «la profunda filosofía que se desprende de un teatro poético cargado de múltiples significados, nos obliga a revisitar el concepto del fin de las utopías».
La magia de María Teresa no está únicamente en su obra, pues pocos creadores de su talla muestran tanta sencillez, deferencia y generosidad hacia cualquiera de sus muchos admiradores. No es raro verla, en festivales de teatro y presentaciones, vestida en bluejean, prestando ayuda de todo tipo, como cuando estaba en Lima por invitación de la Universidad Científica del Sur, y sin saber lo que le tenía preparada la organización del evento, ella estaba ocupadísima echando una mano, cuando fue llamada al escenario para entregarle el reconocimiento por su destacada trayectoria teatral.
María Teresa Zúñiga es también novelista. Aquí, en una presentación de ‘La casa grande’, en Huancayo.
Las decenas de premios y reconocimientos que ha recibido son simples alicientes que complementan a la obra de toda una vida, profundas reflexiones sobre la condición humana, que abarcan desde complejas piezas teatrales para un público erudito hasta divertidas y emotivas piezas juveniles e infantiles.
Aunque ha publicado poco, mucha de su obra ya ha sido puesta en escena. María Teresa es una autora cuya obra es profundamente admirada por los cultores de teatro de todas partes de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos, donde se ha montado en diversas oportunidades.
María Teresa Zúñiga es, a través de los montajes de su obra, una embajadora del Perú.
Mades Medus recorre un fascinante territorio donde la ficción y el arte se convierten en base de la vida y de la condición humana. Fue escrita por María Teresa Zúñiga en 1999 y, desde entonces, es puesta en escena regularmente por diversas compañías teatrales en distintas partes del Perú y el extranjero. La función que nos ocupa, dirigida por la propia autora, coincide con los 18 años de la obra y el 31 aniversario del Grupo de Teatro Expresión, del que además es fundadora.
Mades Medus se puso en escena por primera vez en mayo de 1999 en la ciudad de Huancayo (Perú).
Se trata de dos personajes circenses: Medus de 19 años y Mades de 50.
La obra es, además, una lúdica coreografía entre Mades y Medus, sus dos personajes.
Mades y Medus construyen varios mundos a partir de algunas hebras de sueños y de realidad.
Una característica del Grupo Expresión es asentar la interpretación en los rasgos faciales de sus personajes.
Un tótem del arte es la enfermedad y la muerte. En este caso, la tuberculosis de Medus.
Producida por el Grupo de Teatro Expresión
Dirigida por María Teresa Zúñiga
Mades: Jorge Miranda Silva
Medus: Jorge Luis Miranda Zúñiga
Teatro del Colegio Andino, 26 de octubre de 2017
Huancayo, Perú